Muchos formadores redactan un guion para el expediente y luego imparten sin volver a abrirlo. No es falta de disciplina: el documento escrito para justificar no es el que ayuda a conducir.
La palabra «guion» abarca dos objetos muy distintos, y confundirlos explica la mayor parte de la frustración.
El primero es el documento de conformidad: objetivos pedagógicos, requisitos previos, modalidades de evaluación, duración total. Se dirige a un financiador, a un auditor o a un cliente. Es imprescindible y no sirve de nada durante la sesión.
El segundo es la partitura de animación: lo que usted hace, en qué orden, con qué soporte y cuánto dura. Se dirige solo a usted, en clase, y suele leerse en diagonal entre dos intervenciones.
Escribir el primero no exime del segundo. Muchos formadores escriben solo el primero, guardan el segundo en la cabeza y descubren el problema el día en que están cansados, el grupo se desvía o un colega debe sustituirlos.
Un guion de animación útil cabe en una página por media jornada. Cada línea describe una secuencia — una unidad con principio, fin y un único objetivo — en cuatro columnas:
Lo que no se pone cuenta igual: nada de contenido redactado, ni objetivos reformulados, ni justificación metodológica. Todo eso vive en el otro documento.
Una jornada de formación siempre dura más de lo previsto, y siempre en el mismo sitio: los ejercicios, nunca las exposiciones. Un formador experimentado se equivoca poco sobre la duración de su presentación; se equivoca sistemáticamente sobre la de la práctica.
Dos hábitos bastan para absorber la diferencia:
Marque las secuencias facultativas. Un guion realista contiene entre un diez y un quince por ciento de contenido señalado explícitamente como suprimible. Decidir de antemano qué se sacrificará evita decidirlo a las 16:30, con prisas y a menudo mal.
Ponga puntos de control. Dos o tres momentos en la jornada en los que anota la hora real frente a la prevista. La desviación se lee entonces antes de ser irrecuperable, no al final.
Y anote la duración real en el propio guion, en caliente. Es lo que hace justa la siguiente versión.
El guion es también donde se ve el ritmo de la jornada, o su ausencia. Leído de corrido, revela de inmediato los bloques largos de exposición y las tardes sin interacción.
Algunas referencias probadas:
El guion más útil no solo se lee: funciona como cuadro de mando. Cada secuencia remite al material que moviliza, y se pasa de la línea al soporte sin buscar en otro sitio.
En concreto, una línea «ejercicio sobre las uniones» apunta al ejercicio mismo, no a una carpeta donde habrá que encontrarlo. Ahí es donde el banco de ejercicios y el guion se completan: uno ordena el archivo, el otro ordena el tiempo.
El efecto secundario es apreciable: preparar la jornada siguiente consiste en duplicar el guion de la anterior y sustituir dos o tres líneas. Lo que ocupaba una tarde ocupa veinte minutos.
Un guion no se tira al final de la jornada: es entonces cuando adquiere su verdadero valor. Tres anotaciones tomadas en los diez minutos siguientes valen más que un balance redactado una semana después.
Al cabo de tres o cuatro sesiones, el guion deja de ser una previsión para ser una observación. Es lo que distingue a un formador que repite la misma jornada de uno que la mejora.
Un ejercicio escrito una vez debería servir diez veces. Así se monta un banco en el que realmente se encuentra lo que se busca, sin dedicarle más tiempo del que ahorra.
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