En septiembre el problema casi nunca es la falta de ideas. Es que todo llega a la vez: conocer al grupo, comprobar lo que recuerdan, fijar el marco, preparar las sesiones. Este artículo no propone «otra herramienta más que aprender». Enumera lo que se prepara una sola vez y se reutiliza todo el curso, con una primera clase lista para usar.
Antes de hablar de herramientas conviene nombrar dónde se va el tiempo de verdad. Al principio de curso se va en cuatro actividades, y ninguna es prescindible:
Los tres primeros puntos se resuelven en una sesión bien pensada. El cuarto se resuelve de una vez por todas, siempre que se guarden los contenidos en el sitio adecuado desde el principio. De eso trata este artículo.
Una ronda de presentaciones clásica en un grupo de treinta cuesta fácilmente veinte minutos y aporta poco: los primeros recitan, los últimos se desconectan y nadie se atreve a decir qué le preocupa.
Dos formatos hacen el mismo trabajo en cinco minutos, y por escrito, lo que da voz a quienes no la piden:
Ambas actividades se abren con un enlace o un código QR proyectado en la pizarra. El alumnado no crea ninguna cuenta: escribe un nombre y participa. Eso importa en septiembre, cuando la mitad de las credenciales aún no se ha repartido.
La prueba de nivel es la actividad más rentable del inicio de curso, con una condición: no debe puntuar, y el alumnado tiene que saberlo antes de empezar. Una prueba con nota en septiembre mide sobre todo la ansiedad y lo que ha sobrevivido al verano.
Un formato que funciona: de diez a quince preguntas sobre los requisitos previos del curso, no sobre el temario que viene. No se trata de clasificar, sino de saber sobre qué se puede construir y qué habrá que retomar.
Lo que se obtiene:
Si el grupo está cansado o poco motivado, la misma batería de preguntas puede jugarse en formato juego. El contenido no cambia; la atención sí.
Esto es lo que separa un septiembre agotador de uno tranquilo. Tres hábitos que conviene adoptar la primera semana:
La diferencia se nota rápido: al cabo de un trimestre, quien ha alimentado su banco prepara una evaluación en diez minutos, mientras que otra persona parte de cero cada vez.
Este es un desarrollo de 55 minutos, probado en secundaria y trasladable a la formación de adultos. Solo requiere un proyector y los móviles o tabletas del grupo.
Al terminar la hora sabes quién domina qué, qué teme el grupo, y el alumnado ya ha usado las herramientas que emplearás todo el curso. El tiempo invertido en septiembre se recupera en octubre.
Este último punto no es solo comodidad: recoger únicamente lo necesario es también lo que exige la normativa de protección de datos. Un nombre, escrito durante una actividad, basta de sobra para dar una clase.
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