La mitad del grupo está en el aula y la otra mitad tras una pantalla. Se ha vuelto habitual y, sin embargo, casi nadie se siente cómodo. No es una cuestión de equipamiento: el formato por defecto convierte a quienes están a distancia en espectadores de una clase que ocurre sin ellos.
El reflejo habitual es poner una cámara al fondo del aula y emitir la clase. Eso produce tres efectos, todos previsibles:
El resultado es siempre el mismo: apagan la cámara, abren otra pestaña, y se concluye que «no colaboran». El problema no es su motivación: nadie les ha dado un papel.
El único dispositivo que iguala a todo el mundo hace pasar la actividad, no la imagen, por el mismo canal para todos.
Es decir: presenciales y remotos abren el mismo muro colaborativo, la misma encuesta, el mismo cuestionario, en su propio dispositivo. Quienes están en el aula dejan de mirar la pizarra: miran su pantalla, como los demás. La distinción se borra sola.
Resulta contraintuitivo pedir a personas sentadas en la misma sala que pasen por una pantalla. Pero es lo que hace su aportación visible para todos y lo que da a quienes están a distancia una razón para estar ahí.
No hace falta invertir en un sistema de videoconferencia de sala. Lo que cuenta se resume en cuatro puntos:
El ritmo importa más que el contenido. Una sesión híbrida que funciona alterna cada diez o quince minutos:
Todo lo que hay que saber para pasar de una clase presencial a un aula virtual que mantiene la atención y produce aprendizaje.
AnimaciónDiez actividades cortas para empezar una formación a distancia creando inmediatamente compromiso y cohesión de grupo.
Primeros pasos¿Un código QR hacia una actividad concreta, o una sala virtual completa? Dos modos complementarios: aquí tiene cuál elegir según su situación.
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